Siempre pensé que no me importaba el resultado de las cosas. Pensaba eso porque siempre fui excelente para dejar las cosas a medio camino, sin terminar. Yo me decía a mi misma, no me importa lo suficiente como para hacer el esfuerzo. Pero la verdad era que me pasaba justo lo contrario. Mi tolerancia a la frustración era casi nula y eso hacía que cuando me enfrentaba con una dificultad, mi tendencia era a decir internamente “filo” y entregar las cosas a medio camino. Prefería hacer algo que era claramente un error a dar lo mejor de mi y que resultara mal.

más allá de la frustración

Este tema tiene mucho que ver con nuestro entrenamiento a aceptar que a veces las cosas no resultan como esperamos, que salen mal, que no reciben la aprobación que habíamos proyectado.

En mi caso, me costó más de 30 años el darme cuenta que en mi caso no es que fuera distraída o desconectada de la realidad o que me solo me importaban cosas más elevadas, sino que simplemente no tenía tolerancia a la frustración porque muy dentro de mi tenía metido un chip de perfeccionismo y competitividad, que hacía que a la primera que las cosas no salían como yo creía que debían salir, entraba en pánico y prefería tirar la casa por la ventana.

Es por eso que fue tan significativo encontrarme con el trabajo de Brene Brown. Creo que esta fue la primera vez que escuché sobre el condicionamiento pasivo que muchas veces colocamos a los niños cuando celebramos lo que hacen asociándolo con su identidad y no con su actividad. UUu eso sonó complicado déjame ponerte un ejemplo para que se entienda.

Cuando una/un niña/o se saca una buena nota en el colegio tendemos a decirle “que inteligente”. Esta es es una afirmación de identidad, porque básicamente le estamos diciendo “te sacaste una buena nota porque ERES inteligente”. El problema es que cuando hacemos una afirmación de identidad ponemos un grave problema de autoestima en la/el niña/o a futuro.  Te preguntarás por qué. Básicamente porque cuando esa/e niña/o se saca una mala nota, porque no estudió lo suficiente su lógica más profunda le está diciendo, “te sacaste una mala nota, eso quiere decir que no eres inteligente”. Esa contradicción puede ser extremadamente desconcertante. Es por eso que los estudiosos de la conducta están empezando a decir que es mucho mejor decirle a la/el niña/o cuando llega con una buena nota “que bien, se nota que has hecho un gran trabajo estudiando”, lo que focaliza la atención en el proceso y no en la identidad. Lo cierto es que cuando hacemos afirmaciones de identidad estamos dando una característica inamovible que no tiene nada que ver con lo que la persona haga o no. Lo que importa es que la persona sepa que a veces logramos resultados excelentes y otras veces logramos resultados mediocres y que esto tiene que ver con el ámbito de lo que hacemos y no con el de lo que somos.

Puedo recordar mientras escribo estas palabras, todos los momentos en que me dijeron cuan inteligente era cuando pequeña. Yo se que los adultos que hicieron eso, lo hicieron con la mejor de las intenciones, con verdadero amor y orgullo en el corazón, pero también se que por muchos años me fue completamente incompatible conciliar mi “inteligencia” con los muchos momentos en los que no “era” inteligente, no hacía un buen trabajo, “era” completamente mediocre.

Solo en los últimos años he llegado a sentir que todo se trata del proceso, de que igual como se hace cuando meditamos, que debemos volver una y otra, y otra y otra vez al mismo punto, la excelencia, y lograr exactamente lo que queremos requiere de constancia y de aprender a levantarse. Sobre todo volver a levantarse. El aprender esto no solo ha significado que finalmente haya logrado perseverar de manera sostenida en los proyectos, sino también a encontrar una hermosa forma de alegría y de sabiduría en el observar ese vaivén de los días, de los esfuerzos, de los resultados.

Como aquella bella historia del hombre que repetía, “no puedo saber si es bueno o malo, cada día simplemente tiene su afán.”

Una vez que tuve ese primer chispazo respecto de mi intolerancia a la frustración, muchas cosas que nunca había logrado entender del todo de mi misma comenzaron a hacer sentido. Si no tenía el registro de como superar la frustración, de no desmoronarme o renunciar por los problemas, de perseverar y creer que realmente hay días buenos y días malos, la causa no estaba perdida, simplemente tenía que empezar a practicarlo.

Perfeccionismo, frustración y autocontención

 

Hablando con un amigo la semana pasada, él me hablaba de su hija y de cómo veía la necesidad de ponerle límites entre otras cosas para que ella pudiera aprender a lidiar con que las cosas no fueran a su modo. Esto parece una obviedad, pero hoy en día hay tantos padres que no quieren exponer a sus hijos a una negativa o a ellos mismos a tener que ponerla.

Mientras trataba de ordenar estas ideas me encontré con una entrevista entre Brian Johnson de Philosophers Notes y Matthew Syed, autor de Bounce: The Myth of Talent and the Power of Practice. Ambos desglosaban hermosamente este libro sobre los secretos del éxito. Pero no ese éxito vacío y superficial que produce tanto resquemor, sino aquel que se refiere al proceso profundo de irse perfeccionando y creciendo en alguna actividad por la cual sentimos verdadera pasión. Lo interesante es que la propuesta de Syed, es que investigando a algunas de las figuras más importantes del deporte y de otras áreas, lo que encontró era simplemente una enorme cantidad de constancia y trabajo, pero sobre todo,  y esto es muy importante, un verdadero sentido de la compasión en la forma de autocontención.

No es posible sostenerse en el gran camino sin compasión, sin amor hacia lo que hacemos y hacia nosotros mismos. Sin esto, sin diversión, sin pasión, sin alegría y sin trabajo arduo que lo acompañe, no es posible avanzar.

Parece ser que la combinación perfecta es una triada entre pasión, constancia y verdadera autocontención. Probablemente porque tenemos que tener esa voz que sí tiene la/el niña/o en un comienzo que le hace levantarse una y otra vez cuando intenta caminar. En su pequeña mente aún no existe un significado para la caida, solo existe la fuerza que le lleva a levantarse una y otra vez.

Resumiendo

La entrada de hoy tiene que ver esencialmente con observar aquello que nos impide avanzar en nuestro propio crecimiento. Entender que quizás tenemos tan internalizado que “somos” de cierta manera porque nos lo repitieron muchas veces cuando niños que ni siquiera osamos intentar algo que pueda poner en cuestión esa noción de lo que somos. Hazte la pregunta, revisa tu historia y libérate si es que hay algo con lo que te hayas identificado aunque sea algo “bueno” si es que te impide desarrollarte en profundidad. A veces es mejor hacer el “tonto” si es que eso te permite revelar tu verdadera naturaleza.

También tiene que ver con fijarnos en la manera en que nos dirigimos a los demás y especialmente hacia los niños cuando usamos palabras que afirman un sentido de identidad, cuando en realidad siempre debemos fortalecer hábitos, acciones, procesos, ya que eso es algo que el niño o la persona puede cambiar, modificar, mejorar. La identidad es independiente e inamovible , la actitud es flexible y depende enteramente de ti.

Y por último tiene que ver con fortalecer aquellas actividades que nos generan pasión y llevarlas con constancia y autocontención, con amor y paciencia hacia nosotras/os mismas/os, porque allí está la clave de la perseverancia sostenida y la verdadera gratificación que es saber que hemos avanzado de manera importante en nuestro intento.

 

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